Caminos para salir de la tierra de nadie. Los primeros años de la Biblioteca Internacional de la Juventud en Múnich

noviembre 01, 2017
Texto de Christiane Raabe (Directora de la Biblioteca Internacional de la Juventud en Múnich)
Christiane Raabe

La creación de la Biblioteca Internacional de la Juventud se sustenta en la iniciativa de una insólita mujer que, tras la Segunda Guerra Mundial, tuvo la visión de establecer puentes entre gentes y culturas a través de los libros infantiles. Jella Lepman fue una periodista y política judía que creció en Alemania, sobrevivió al holocausto en su exilio londinense y regresó de nuevo a su país en 1945, a petición de las fuerzas vencedoras americanas, para ayudar a construir una nueva sociedad democrática alemana. Jella Lepman estaba convencida de que una generación futura solo podría construir un mundo mejor y más pacífico si era educada en un pensamiento abierto. Desde esta perspectiva, los libros infantiles, que permitían a los jóvenes lectores meter el mundo en sus casas, se mostraron especialmente adecuados para su misión. Y mientras iba leyendo, Lepman encontró “caminos más allá de la tierra de nadie” a los que Alemania parecía mirar tras la terrible destrucción de la guerra y las atrocidades de los nacionalsocialistas. Contactó con editores infantiles de todo el mundo y les pidió que enviaran sus libros a la Alemania de posguerra. Los libros serían mensajeros de paz y ayudarían a levantar puentes de humanismo y tolerancia en el mundo.

Jella Lepman convenció de inmediato a muchos editores extranjeros, que enviaron a Alemania sus últimas novedades. En pocos meses, miles de libros para niños y jóvenes llegaron a la ciudad Múnich, donde tenía su oficina una enérgica y voluntariosa Jella Lepman. La exposición de libros infantiles procedentes de todo el mundo que Lepman organizó en 1946 fue literalmente invadida por niños y adultos. El interés era inmenso, también el hambre por leer libros del extranjero. Al término de la muestra, se hizo evidente la necesidad de dar un techo a todos aquellos ejemplares, y así, el 14 de septiembre de 1949 abrió sus puertas en Múnich la Biblioteca Internacional de la Juventud con los libros de aquella exposición como primer inventario.

Como el espíritu fundacional de la Biblioteca fue precisamente la visión de paz de Jella Lepman y su confianza en la infancia, no sorprende que acabara convirtiéndose en un lugar muy especial para los libros. Pero la prioridad de la Biblioteca Internacional de la Juventud no era reunir una gran colección de títulos, sino llevar adelante un audaz experimento de pedagogía literaria. Niños y jóvenes adultos –no tanto los libros– fueron allí el centro de los proyectos. Ya en su inauguración, Erich Kästner, el conocido autor de Emil y los detectives, invitó a estos jóvenes lectores a “tomar la Biblioteca”. Les dijo que aquella era su casa y les animó a dar aire y forma renovada al nuevo espacio. Y los niños así lo hicieron. Porque en la Biblioteca Internacional de la Juventud, los jóvenes discutían con autores, periodistas y bibliotecarios; se sentaban en el podio cuando se debatía sobre el futuro de la literatura infantil o cuando se analizaba, en conferencias internacionales, el valor educativo de los cuentos de hadas; e incluso ellos mismos establecían compromisos con los derechos de la infancia a través del grupo de jóvenes de las Naciones Unidas promovido por la Biblioteca. En el estudio de pintura, niños y jóvenes trabajaban en sus caballetes y participaban en concursos internacionales organizados por Jella Lepman y sus compañeros de trabajo. También ensayaban obras de teatro y organizaban festivales de verano.

La Biblioteca se convirtió así en animado lugar de encuentro para libros y personas de todo el mundo. A pequeña escala, allí se puso en práctica y se verificó el futuro que anhelaba la sociedad entonces: diálogo para afrontar y solucionar los temas y cuestiones del momento. De forma consistente, la Biblioteca Internacional de la Juventud defendió los derechos de los niños desde la autodeterminación y codeterminación, sentando las bases de una fuerte autoconciencia democrática –pero también creativa– en aquella generación de niños y jóvenes de la posguerra.

A día de hoy, el proyecto de la Biblioteca no ha perdido su relevancia. La exposición Caminos para salir de la tierra de nadie es más que un testimonio histórico: se nutre de interesantes documentos extraídos de los archivos de la Biblioteca, pero los textos y las fotografías que la integran son la prueba fehaciente de lo viva y actual que sigue siendo la idea fundacional de Jella Lepman. Especialmente en nuestros días, vuelve a ser especialmente importante enseñar a los niños a mirar más allá de uno mismo, a tener curiosidad por los demás, por lo desconocido, y a seguir descubriendo el mundo incluso frente de la puerta de su propio hogar.

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